La historia del LSD
“…todos los medios y vías que puedan contribuir a una
modificación tan fundamental de la experiencia de la realidad merecen una
consideración seria. A estas
vías pertenecen, en primer lugar, los diversos métodos de la meditación en el
marco religioso o secular cuyo objetivo sea inducir una experiencia mística
totalizadora y generar así una conciencia profundizada de la realidad. Otro
camino importante, aunque todavía discutido, es la utilización de los
psicofármacos alucinógenos que modifican la conciencia”.
Terminando sus estudios de química en la Universidad de
Zurich, Hofmann, el gran descubridor del ácido lisérgico, elige un trabajo en
laboratorios Sandoz, en ese entonces una pequeña empresa con una modesta
plantilla en la sección químico farmacéutica, con apenas cuatro químicos en
investigación y tres en producción. Eligió ese trabajo porque le daba la
oportunidad de trabajar en la extracción de componentes medicinales de las
plantas. Su jefe, Stoll, había descubierto la ergotamina hacía poco, componente
puro entre los alcaloides del cornezuelo de centeno, descubriendo también sus
aplicaciones hemostáticas en los partos y analgésicas contras las migrañas;
pero su investigación sobre los alcaloides del cornezuelo del centeno se había
detenido allí. Hofmann, al saber que otros laboratorios estaban descubriendo
nuevos alcaloides en el cornezuelo, le propuso a su jefe retomar las
investigaciones. Éste le advirtió que los alcaloides en cuestión eran muy
inestables y que su trabajo sería difícil, pero aceptó.
El cornezuelo es infectado por un hongo denominado Claviceps
purpurea, crece sobretodo en el centeno pero también en “otros cereales y
gramíneas silvestres”. Su pequeñez oculta una relevancia insólita en la
historia, pues pasó de ser un peligroso veneno a una pequeña fuente de
sustancias curativas. En la alta Edad Media produjo desastres gigantescos en
poblaciones europeas, con miles de personas muertas e intoxicadas, sin que
descubrieran en esos años que el veneno se encontraba en las espigas que utilizaban
para hacer el pan. “El mal, cuya conexión con el cornezuelo no se descubrió
durante mucho tiempo, aparecía bajo dos formas características: como peste
gangrenosa (ergotismus gangraenosus) y como peste convulsiva (ergotismus
convulsivus). A la forma gangrenosa del ergotismo se referían las
denominaciones de la enfermedad del tipo de mal des ardents, ignis sacer, fuego
sacro.
El santo patrono de los enfermos de estos males era San
Antonio, y fue la orden de los antonianos, sobretodo, la que se ocupó de cuidarlos”.
La última gran epidemia, después de descubrirse la fuente de la enfermedad en
el pan que contenía el cornezuelo en el s. XVII, ocurrió en el sur de Rusia, en
los años 1926-27. Se conocía al cornezuelo como ocitócico desde 1582, pero el
problema de dosificación causaba peligros en los partos, por lo que se usó más
bien como inhibidor de las hemorragias posteriores al parto (es un hemostático
específico del útero). No lograron durante el siglo XIX aislar químicamente un
compuesto puro de entre los alcaloides del cornezuelo, sino que tardíamente
logró extraerse un compuesto de alcaloides llamado ergotoxina. Stoll fue el
primero en encontrar un compuesto puro, la ergotamina, con amplias aplicaciones
médicas.
Hofmann trabajando con ergotoxinas y a partir de ellas
sintetizando ácido lisérgico, obtuvo en primer lugar una ergobasina mejorada
(Methergin) que es hoy en día ampliamente usada como hemostático citócico en
obstetricia, pero también, en sus variados ensayos, sintetizó en 1938 el LSD-25
(25 por el número de ensayo), cuando buscaba un estimulante para la circulación
y la respiración (analéptico), debido a su similitud con la dietilamida del
ácido nicotínico (coramina), un conocido analéptico. Al ensayarse en los
animales de Sandoz, se comprobó un efecto narcótico y hemostático sobre el
útero (pero menor a la ergobasina), por lo que se detuvieron ulteriores
ensayos. Durante cinco años el ensayo permaneció guardado, mientras Hofmann
seguía trabajando en el cornezuelo, cuando lograba diferenciar la ergotoxina en
tres alcaloides particulares, uno ya descubierto con anterioridad
(ergocristina), y los otros dos completamente nuevos, bautizados como
ergocornina y ergocriptina. Con estos alcaloides se elaboró un compuesto
farmacéutico vendido y utilizado para “fomentar la irrigación periférica y
cerebral y mejorar las funciones cerebrales en la lucha contra los trastornos
de la vejez”, bautizado como Hidergina, y que ocupó mucho tiempo el primer
lugar de ventas en Sandoz. A partir de la dihidro-ergotamina, y su producto
comercial el Dihydergot, se creó un fármaco para estabilizar la circulación y
la presión sanguínea. Hofmann se encargó no solamente de la purificación de
estos tres productos: Methergin, Hydergin y Dihydergot, sino también de su
producción industrial.
Cinco años después Hofmann retoma su trabajo, intuyendo que
el ensayo LSD-25 podía servir a pesar de la sentencia eliminatoria que le
enviaron los encargados de farmacéutica. Vuelve a sintetizarla, pero en la fase
final padece de algunas sensaciones extrañas que lo hicieron abandonar su
trabajo y volver a casa a descansar, mareado. Al recostarse se sintió
embriagado, con los ojos cerrados le “penetraron sin cesar unas imágenes
fantásticas de una plasticidad extraordinaria y con un juego de colores intenso,
caleidoscópico. Unas dos horas después este estado desapareció”.
Relacionó este efecto narcótico con su trabajo con el LSD,
pero sin entender cómo pudo contaminarse a pesar de su pulcritud. Conociendo la
fuerte toxicidad de los alcaloides del cornezuelo, decidió diluir una muestra
basándose en las dosificaciones mínimas habituales para el promedio de los
alcaloides, y pensando obviamente que era la dosis más baja posible: 0,25 mg de
tartrato de dietilamida del ácido lisérgico. El efecto fue muy fuerte, lo
llevaron a casa, y en sus momentos de lucidez solicitó un médico y un poco de
leche de sus vecinos (desintoxicante no específico).
El mareo era tan fuerte que no podía permanecer de pie, su
entorno giraba, los objetos tomaban formas grotescas y amenazadoras; la vecina
que le trajo leche era (supuestamente) una bruja malvada y llena de muecas de
colores. Se sentía apoderado por un demonio. Sintió el miedo terrible de
haberse enloquecido. Por momentos se sentía fuera de su cuerpo, observando la
situación. Su pensamiento ardía en reflexiones de desastre, pérdida de carrera,
de familia y reputación. No podía “formular una oración coherente” cuando llegó
el médico, a pesar de que había pasado ya por el punto más álgido de su crisis.
Pero su pulso, su presión sanguínea y su respiración eran normales, por lo que
no le administró ningún medicamento, limitándose a recostarlo y acompañarlo en
su habitación. “El susto fue cediendo y dio paso a una sensación de felicidad y
agradecimiento crecientes a medida que retornaban un sentir y pensar normales y
creía la certeza de que había escapado definitivamente del peligro de la
locura”. Con sus ojos cerrados, veía juegos de colores, caleidoscópicas,
círculos y espirales que se abrían y cerraban; sus sensaciones auditivas se
transformaban en sensaciones ópticas. “Cada sonido generaba su correspondiente
imagen en forma y color, una imagen viva y cambiante”. Al día siguiente todo
estaba bien, o mejor, “el desayuno tenía un sabor buenísimo”. En el jardín
cuando salió, sus sentidos “vibraban en un estado de máxima sensibilidad que se
mantuvo todo el día”.
Sus conclusiones preliminares fueron inmediatas: no hubo
resaca, era el producto químico más poderoso con dosis tan bajas conocido por
él, no perdió la conciencia en ningún momento. Supuso que tendría magníficas
aplicaciones médicas en psiquiatría y neurología, pero nunca imaginó que podría
trascender del ámbito médico ni popularizarse ni mucho menos prohibir su
comercio. Sus colegas se extrañaron ante la dosis tan baja, pero al probar con
el tercio de la dosis se convencieron de su increíble potencia con milésimas de
gramo.
Los laboratorios retomaron la experimentación, primero en
animales: los gatos alucinados temían a los ratones, los perros claramente
sufrieron alucinaciones, los peces de colores tomaron extrañas formas de
natación, las arañas, a dosis bajas, construyeron telarañas regulares y
exactas, mientras que a dosis altas, tejen mal y rudimentariamente. Se averiguó
también de dosis letales, comprobándose experimentalmente las dosis letales
para conejos, ratas y hasta un elefante, caso excepcional pues murió con una
dosis inferior a la dosis letal para las ratas. En el caso del hombre la dosis
letal es bastante más alta que la de todos los animales citados, y no se conoce
la muerte tóxica de ningún ser humano por LSD, aunque si por suicidio. Los
efectos fisiológicos del LSD en el hombre: dilata las pupilas, incrementa la
temperatura corporal y el nivel de glicemia; también tiene un efecto contractor
del útero y bloqueador de la serotonina.
Comenzaron investigaciones psiquiátricas con el LSD; un
psiquiatra, hijo de Stoll, probó la droga y describió sus efectos:
predominantemente imágenes con los ojos cerrados, con poco contacto con la
realidad; múltiples y muy variadas, primero formas simples, luego imágenes más
elaboradas, desde círculos hasta paisajes; muchas estrellas como fuegos de
artificio, al parecer cada vez que pensaba. Las imágenes nunca aparecían solas,
siempre muchos círculos, o muchos techos.
Los primeros efectos terapéuticos encontrados fueron, en
primer lugar, una mayor apertura entre paciente-terapeuta, una eliminación de
la barrera yo/tu que ayudaba a los pacientes demasiado aislados en sí mismos.
En segundo lugar un efecto de revivencia del pasado, incluso de la
más tierna infancia, que sirve al psicoanálisis para encontrar traumas, y que
no son meramente una reminiscencia sino que se vive nuevamente, como en una
hipnosis, a través del LSD. A partir de esto se elaboraron dos formas de
terapia, la psicolítica, con dosis medias de LSD separados por períodos,
conversaciones grupales y dibujo. La segunda, llamada terapia psicodélica
(palabra que significa “revelador del alma”, acuñado por Humpry Osmond), que
mediante una dosis fuerte de la droga (0,3-0,6 mg) provocaba de una vez en el
paciente una experiencia mágico religiosa que lo ayudaban en su reconversión
hacia un hombre nuevo. Por último la aplicación del LSD en individuos
moribundos atenuaba sus dolores e incluso debido a las experiencias metafísicas
los tranquilizaban ante la muerte próxima. Sandoz puso a disposición de la
comunidad médica el LSD, con el nombre comercial de prueba Delysid.
De tal modo, usándose primero en psiquiátricos, luego en
consultas privadas, su consumo empezó trasladándose desde el ámbito médico al
artístico e intelectual, y de éste al público en general. Muchas revistas
contaron maravillas del LSD, curaciones de personalidad o hasta de frigidez, y
así el LSD se transformó en una epidemia de moda que le acarreó problemas a
Hofmann y a Sandoz, por los suicidios y crímenes cometidos bajo el influjo de
la droga. Surgió el movimiento Hippie con esta. Aunque Sandoz nunca distribuyó
comercialmente el LSD, ni la psilocibina que también había sido aislada por
primera vez en sus laboratorios, dejó de entregarla a los centros médicos en
1966 mediante un comunicado de prensa. El LSD llegó a ser la droga
estupefaciente más usada en Occidente.
Si bien no se conocen casos de muerte por ingestión de LSD,
puede ocasionar graves efectos de omnipotencia e invulnerabilidad, sobretodo si
el paciente no sabe que ha ingerido la droga. También puede ocasionar “viajes”
terroríficos causantes de posteriores colapsos nerviosos o psicosis. Se ha
sugerido que las dosis bajas de LSD provocan más bien euforia, y las altas
terror. Como tiende a intensificar los estados momentáneos, tomarla cuando se
está deprimido o estresado puede ocasionar más problemas. El mercado negro
ofrece sustancias que pueden contener también componentes tóxicos.
“El LSD es muy alterable al aire y muy fotosensitivo. El
oxígeno del aire lo destruye por oxidación; la incidencia de la luz lo
convierte en una sustancia no activa… La afirmación de que el LSD sea fácil de
fabricar, y de que todo estudiante de química en un laboratorio medianamente equipado
esté en condiciones de sintetizarlo, es falsa”.
“El sentir que el medio en el que uno se encuentra se vuelve
extraño, del mismo modo que el propio cuerpo, así como la sensación de que un
ser extraño, un demonio, se apodere de uno, descritos por Gelpke en los dos
experimentos anteriores, son ambos característicos de la embriaguez del LSD.
Por grandes que sean las diferencias y variantes de la experiencia del LSD,
aquellos se citan en la mayor parte de los protocolos de experimentos”. Es
común que las alucinaciones con el ácido se produzcan recostado y con los ojos
cerrados; también pueden ocurrir a la intemperie, sin perder por ello la
motricidad.
Hofmann incluye en su libro testimonios de tomas de LSD por
parte de distintos personajes. El de Jaeckle cuenta que las cosas respiran, se
nota en sus bordes. Su mente está tranquila y con buenas ideas; se le revela
que cada cosa tiene una letra de acróstico de la “única buena sabiduría
universal”, y que lo que había que hacer era “encontrarla en todas las cosas de
la unidad del poema universal”. Como no puede decirlas pero si intuirlas,
deduce que “el ocio está más cerca de la sabiduría”, que “la voluntad
ensombrece la inteligencia” y que “se ilumina a quien no tiene voluntad”. Al
mismo tiempo reía mucho, y su risa “rimaba con el acróstico”. En resumidas
cuentas, que el trabajo duro y esforzado limita la inteligencia, que no podía
expresar en palabras los acrósticos pero que si podía entenderlos.
Hofmann deja en claro que el LSD sólo desencadena las
visiones, pero que no es la substancia la que las crea sino el fuero interno,
esto con respecto a las dudas que tenía una persona sobre su transformación
espiritual, temía que fueran una mera ilusión. Esta misma persona, un pintor,
completamente ateo, tuvo un mal viaje con una muchachita 20 años menor que él;
en un hospedaje vivió horrores de pesadilla, junto a Eva, pensando que quizás
nada volvería a ser estable y normal; al final del día, al amanecer, todo se
calmó un poco y escuchó una voz interior al mirar una pantalla de lámpara: se
le decía que debía dejar la egolatría y el egoísmo, que la voz de Dios está en
todo y que “el verdadero amor significa la renuncia al egocentrismo”; había
experimentado “la gracia de Dios”, y el consecuente inicio de su
espiritualidad.
Otro testimonio más, sigue el mismo esquema que en muchos
otros, un sentimiento enorme de calma y felicidad después de un período de
horror. El muchacho, publicista de 25 años, comienza renegando de los efectos
de la droga pero de pronto, al ver el dial de una radio, empieza a ver los
colores de la música. Luego se le aparece un huevo grande en medio de la
habitación, que da lugar a una flor enorme y bella que nace de él; el muchacho
está extasiado ante la belleza de sus pétalos; un monstruo parecido a una hormiga
empieza a devorar los pétalos, y súbitamente también las extremidades del
muchacho. Su guía trata de sacarlo. El muchacho entonces experimenta la
extinción de su cuerpo, todo es blanco, ve a Dios, los ángeles y el diablo y
siente que lo comprende todo, que ha visto la verdad, que es inmortal.
Finalmente Hofmann señala que el LSD y todas las substancias emparentadas con
él son las únicas drogas que muestran tal variedad de reacciones y
comportamientos, desde éxtasis místicos y religiosos hasta horrores constantes.
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